LA CABALLERÍA MEDIEVAL

De los viejos héroes a los nuevos falsarios

Fernando García Mercadal 

La novela histórica vuelve a estar de moda. La narración de aventura y la Edad Media, fundidas en una atmósfera exótica y sugerente, han atestado un golpe de muerte a la literatura experimental y nos han abierto las puertas de un mundo semioculto, tantas veces tachado de vetusto y reaccionario, cuyos valores contrastan fuertemente con los planteamientos materialistas del pathos moderno. ¿Por qué esa amarga melancolía del hombre de hoy por la antigüedad clásica, el ideal caballeresco, los héroes y los mitos? Arrastrados por una marea negra que trae consigo el ocio programado, velocidades supersónicas y la exaltación del feísmo, volvemos instintivamente la vista atrás para intentar encontrar en la elegancia del amor cortés o en la templada majestad del paladín errante una tabla de salvación que permita evadirnos de la hostil tristeza de nuestro tiempo. Es, sin duda, la permanente seducción de la excelencia.

La caballería medieval es un elemento básico de la historia europea. Hoy, sin embargo, las "órdenes"
modernas degeneran hasta la ridiculización lo que en otro tiempo fue el impulso vital de nuestra cultura.

Concepto y origen

"La época de la Caballería ha acabado; la de los sofistas, la de los economistas y la de los calculadores ha triunfado, y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre". Aunque esta lamentación, proferida por Edmund Burke coincidiendo con la desaparición del Antiguo Régimen[1], pudiera hacernos pensar que la Caballería se mantuvo viva hasta la Revolución Francesa, lo cierto es que su ciclo histórico hemos de situarlo entre las postrimerías del siglo X y los comienzos de la Reforma, circunstancia que no ha impedido la supervivencia de viejas resonancias épicas hasta las eras más recientes[2]. Duby -uno de los mejores medievalistas actuales- afirma que es exactamente en el año 971 cuando la expresión latina miles, empleada por entonces para designar la pertenencia al estatuto caballeresco, aparece por primera vez en Francia documentalmente acreditada[3]. A partir de este momento empezará a configurarse en Occidente una nueva categoría social -la Caballería- que poco a poco irá apropiándose de las nociones hasta entonces reservadas a la nobleza en general, y cuya delimitación más acabada dentro de la arquitectura política se producirá en torno al siglo XIII.

Una idea excesivamente simplista, y muy divulgada, reduce la organización estamental del medioevo a la consabida tripartición nobleza, clero y estado llano. En realidad el ordo tiene una significación más profunda y podemos definirlo como toda agrupación de funciones, profesionales o no, que impone determinados vínculos de solidaridad y deberes de auxilio a sus miembros, y cuya existencia es aceptada como un suceso natural, en un mundo orgánica y jerárquicamente dispuesto bajo la atenta mirada de la Divinidad. En la idílica imagen que los hombres se formaban de la república adjudicábase a cada uno de estos estados (gremios, órdenes monásticas, sacerdotales y militares, grados académicos, etc) una misión específica y singular.

La Caballería surgiría como resultado de la conjunción de diversos factores (anhelo de una vida egregia, evolución de las técnicas castrenses y superioridad de la equitación en los campos de batalla, llamamiento del Papa a la lucha contra la morisma), incardinada entre los grandes señores (optimates) y los campesinos, e integrando un cuerpo de hombres de linaje acreditado y recursos suficientes para procurarse armas y montura -los chevaliers-, consagrados a la guerra, la protección de los débiles y la defensa de la Cristiandad.

Los ritos de iniciación

Los caballeros eran la mayor parte de las veces, segundones excluidos de la herencia feudal y obligados por ello a vivir en la mansión de sus hermanos primogénitos o a ponerse al servicio de algún poderoso barón que se responsabilizaba de su educación y sustento y con quien llegaban a establecer una relación similar al parentesco[4]. Abandonando a temprana edad la casa paterna, marchaban en busca de la escuela de la vida entre las cuadras, las monterías y los duelos simulados, formando parte de una mesnada donde convivían con otros jóvenes y con hombres más experimentados que les iniciaban en los secretos de la pelea y del amor. Superado este período de aprendizaje eran armados caballeros en un acto de gran trascendencia que simbolizaba el tránsito de la adolescencia a la pubertad. En los rituales más primitivos, como la ceremonia teutónica de la entrega de armas, no se daba participación a la clerecía[5]. Pero muy pronto ala liturgia eclesiástica impregnó de significado religioso la promoción de los nuevos caballeros como lo demuestra el Libro de la orden de la caballería, escrito hacia 1275 por el filósofo mallorquín Ramón Llull: "El escudero debe ayunar la víspera de la fiesta... y debe ir a la iglesia a rogar a Dios la noche antes del día en que ha de ser caballero, y debe velar, y estar en oración... al día siguiente conviene que se cante misa solemne... y ofrecerse a la orden de caballería para ser servidor de Dios"[6]. En ocasiones el ceremonial era precedido de un baño. El neófito quedaba desnudo y lavaba su cuerpo, purificándolo como en el bautismo. Era su segunda venida al mundo. Luego el padrino le ceñía la espada para significar castidad y justicia[7]. El acontecimiento era completado con una cabalgada del nuevo caballero, que de esta manera mostraba a todos los presentes su reciente condición, y con un gran banquete.En espíritu, el ordo equestris se configuraba como un octavo sacramento que imprimía carácter a quien lo recibía. El caballero quedaba redimido de su tutela y se entregaba a la profesión guerrera obligándose a la estricta observancia de un código de honor. A partir de ahora debía adentrarse en el difícil camino de la libertad en solitario, con la única ayuda de sus propias fuerzas.

La síntesis de los espíritus guerrero y religioso preside
la Caballería Medieval (ilustración de un manuscrito del siglo XII).

Las virtudes caballerescas

La narrativa tradicional ha vinculado al caballero con un compromiso ético, reflejo de un peculiar estilo de ser. Cabe preguntarse si no estaremos ante un simple "disfraz de formas, palabras y ceremonias que proporcionaban unos recursos gracias a los cuales las personas de noble origen podrían suavizar la crueldad de la vida"[8]. Sinceramente, creemos que no. El caballero anhela ascender en la pirámide social pero no acumulando riquezas sino merced al público reconocimiento de su valor y de sus hazañas. La persecución del Grial no la concibe como un divertimento ni como desordenada búsqueda de un objeto material. Es una vía de perfección interna para cuya consumación es necesario fortaleza física suficiente y sobre todo la convicción de que la recompensa final será el resultado del acertado cumplimiento de unos deberes libremente asumidos. Además desprecia el dinero. Desligado de ataduras terrenas, utiliza el indispensable para su equipamiento. Si sobra lo gasta con larguesse. Tiene poco en común con el condottiero renacentista, de solapada brutalidad, que alquila sus servicios al mejor postor.

Fidelidad, arrojo, destreza, justicia, generosidad y orgullo genealógico. Tales son las virtudes que fundamentan la moral de la Caballería.

El valor cultural de la acción

Si los monasterios y cenobios fueron durante toda la Edad Media centro de recogimiento y trabajo intelectual, la Caballería con su irresistible inclinación hacia los viajes y la aventura -simbolizada en la arquetípica estampa del caballero andante- pone el obligado contrapunto al binomio monje-contemplación, aportando el elemento de la acción como definitorio de toda una época donde las filosofías cristiana y guerrera eran difícilmente separables.El caballero siente un profundo desdén por cualquier actividad que no sea el combate o el adiestramiento de las armas. La tantas veces frustrada aspiración política de reconquistar los Santos Lugares significará un importante estímulo para organizar escaramuzas y expediciones militares al frente de las cuales se ponían muy frecuentemente los grandes dignatarios e incluso los propios reyes En los tiempos de paz social -treguas de Dios- las justas y torneos cumplen con creces su papel de simulacros de la batalla, de entrenamiento y de juego-deporte militares. La participación en los mismos de caballeros procedentes de muy diferentes regiones, que acudían buscando la gloria y el favor de las féminas, sirvió para unificar su reglamentación y extender, además, los usos de la Caballería. Los desafíos también eran constantes y encubrían muchas veces viejas rivalidades. A pesar de su enorme popularidad, las turbulencias y excesos cometidos en los torneos, tan violentos que no cabía distinguirlos de un auténtico choque armado, determinaron su prohibición por la Iglesia en el Concilio de Clermont (1130).Nadie mejor que Huizinga para resumir la psicología del ánimo guerrero: "el trémulo salir del estrecho egoísmo a la excitación del peligro de la muerte, la honda emoción por la valentía del camarada, la alegría de la lealtad y la abnegación"[9]. Todavía hoy en día se explica a los cadetes de nuestras academias militares que el movimiento y la velocidad son los principales rasgos técnicos del Arma de Caballería, y la audacia y la disciplina su alma inmortal. Y es que el espíritu jinete no morirá jamás.

El combate y la caza como características de un modo de vida.
El combate y la caza como características de un modo de vida.

Amistad viril y amor cortés

El universo de la Caballería es masculino: sólo los varones cuentan[10]. Bachilleres y escuderos crecen y se educan en alegre promiscuidad, a prudente distancia de sus madres y hermanas. Cuando alcancen la madurez, la conciencia de encontrarse unidos por un fuerte lazo común, les obligará a guardarse lealtad eterna. Esta relación tan especial, que llegaría en ocasiones a levantar acusaciones de sodomía (como en el célebre proceso contra los templarios), no implica, sin embargo, ignorancia o desprecio hacia el sexo opuesto. Aunque algunos caballeros permanezcan toda su vida jóvenes, es decir, sin tomar esposa, la mayor parte de ellos matrimoniarán dando un paso de calculada estrategia social. Su nuevo estado será compatible, empero, con la elección de alguna otra dama, casi siempre inaccesible, a la que dedicaban sus distracciones y galanteos. Las intrigas eróticas eran normales, pero la Iglesia Católica realizó una encomiable labor en pro de la dignificación de la mujer que, aunque constreñida por los límites de su feminidad, ejercerá un destacado poder civilizador, poniendo una nota de refinamiento y cultura con la que compensar la belicosidad y rudeza propia de los hombres[11]. Éstos, fascinados por su habitual presencia en los torneos, sucumbían al hechizo y manifestaban con el lenguaje multicolor de sus penachos y gualdrapas un hermoso lance amoroso que los trovadores describieron con poético sentimiento.

Literatura e iconografía 

LaLa Caballería inspiró, con marcial arrogancia, numerosos testimonios narrativos y artísticos en los que una delicada sensibilidad y la armonía de las proporciones resaltan como líneas estéticas más definidas. Tanto los salmos trovadorescos, que se recitaban acompañados del laúd, violín o arpa, como la epopeya trágica ensalzaron, con apasionamiento y finalidad pedagógica, los prodigiosos episodios de la Europa primitiva. Los eruditos del siglo XIX, entre ellos Ricardo Wagner, recuperaron definitivamente para la posteridad las subyugadoras leyendas germánicas (Cantar de Hildebrando, los edda y escaldas, la saga de los Nibelungos) y las chansons de geste latinas (Cantares de Roldán y de Mío Cid). Ahora bien, la romántica caballeresca propiamente dicha se centra en las llamadas materias de Bretaña y Francia, desarrolladas en estos territorios desde mediados del siglo XII, y que recogiendo influencias más arcaizantes (como las hagiografías de César y Alegrando Magno) dieron lugar a un vastísimo ciclo de relatos místico-épicos de singular belleza. En todos ellos el amor aparece como motor del esfuerzo de un solitario y decidido personaje que, tras superar felizmente las mil y una peripecias acechantes a lo largo de un camino sin final previsible, se transforma en un verdadero héroe caballeresco. El impenetrable simbolismo del Grial, el Rey Arturo y la Tabla Redonda, Carlomagno y sus doce pares, aparecen como telón de fondo de la trama. La mayor parte de estas narraciones (Percival, Tristán e Isolda, etc) son innominadas o de dudosa paternidad. Chrétien de Troyes, a quien podemos considerar como el primer novelista de la Historia, realizó unas acertadísimas versiones que muy pronto se popularizaron en todo Occidente. El tema fue también recibido en España. El Caballero Zifar (principios del siglo XIV) es nuestro primer cuento caballeresco, al que seguirán otros no menos importantes como el Amadís de Gaula castellano o el Tirant lo Blanc catalán. Con El Quijote fenecerá, nos dice Martín de Riquer, víctima de la parodia y del espíritu moderno, este importante género literario[12].

La Heráldica es -si olvidamos el arte religioso- la expresión plástica más depurada de la policromía medieval. Responde a la necesidad de que los jinetes, aprisionados entre sus pesados arneses, fueran debidamente reconocidos en los combates. De este modo surge una disciplina nueva, regida por reglas rigurosas que harán del blasón, a través de la impresión visual, una alegoría de las cualidades (armas parlantes) o miserias (armas difamadas) humanas, transmisible de padres a hijos e identificadora de las estirpes. Los heraldos, en su función de jueces-árbitros del honor militar, irán poco a poco dotando de contenido a esta ciencia heroica que forma, junto a los tratados de nobleza, la teoría de la Caballería.

Miles Christi 

La síntesis del ideal monástico-caballeresco medieval adquiere su formulación más perfilada en las órdenes militares. Nacidas en el siglo XII como eficaz instrumento contra el Islam, terminaron convirtiéndose en poderosas entidades señoriales con su gran protagonismo económico y político. Se gobernaban por un reglamento interno, ordenanzas o definiciones, que imponía a sus socios o freyres unos votos religiosos: pobreza, obediencia, celibato o castidad conyugal según los casos, y la promesa de la summa perfectio o decisión de esforzarse en alcanzar la plenitud humana y espiritual. Acostumbraban a colocarse bajo la advocación de un santo patrón (San Miguel y San Jorge lo eran para la Caballería en general). Aunque a las categorías inferiores tenían acceso individuos menestrales, lo cierto es que las restricciones y pruebas para ocupar el maestrazgo u otros órganos rectores, y la solemnidad de sus ceremonias y capítulos, reforzaron en la nobleza su "conciencia de clase".

Las órdenes pioneras y con implantación internacional se constituyeron en Jerusalén: San Juan (1113), más tarde Rodas o Malta, Temple (1118) y Teutónica (1198). En la Península la influencia del Cister y de los ribat -fortalezas ocupadas por ascetas musulmanes-[13], fueron, según señalados autores, además naturalmente de la propia Reconquista, la causa determinante de su aparición: Calatrava (1158), Santiago (1170), Alcántara (1175), Montesa (1319). Corporaciones de este tipo se multiplicaron en toda Europa, sobre todo en los siglos XIV y XV. Las órdenes más tardías se vincularon a una familia o dinastía como la inglesa de la Jarretera (1348) o el Toisón de Oro borgoñón (1431), acentuando su sentido cortesano y perdiendo parte del rigor y la sencillez de su época fundacional. Algunas se han mantenido, con carácter puramente ornamental, hasta la actualidad. Las demás, cofradías fronterizas principalmente, se extinguieron al concluir los motivos de su nacimiento.

Unas bulas pontificias (Adriano VI en 1523 y Sixto V en 1587) incorporaron definitivamente las cuatro órdenes españolas a la Corona, iniciando de este modo un período de decadencia donde los aspectos formales y externo se exorbitan, hasta caer en el puro exhibicionismo, con lógico detrimento de la firmeza interior. La desarmonización decimonónica al cegar sus tradicionales fuentes de ingreso, enajenando sus rentas y encomiendas, puso punto final, de hecho, a su esplendorosa proyección histórica.

Con la cultura urbana, mueren el caballero y el castillo; llegan el comerciante y la ciudad.
A la izquierda, Caballero del Temple; a la derecha, el castillo de Tedra, en Valladolid.) 

Órdenes auténticas y órdenes espurias

Con la promulgación en Europa de los primeros textos constitucionales las distinciones honoríficas que conservaban todavía cierta base jurisdiccional, como las órdenes militares, se convirtieron en simples condecoraciones. Los modernos estados de derecho, reacios a cualquier corporativismo, han tolerado la continuidad de algunas viejas órdenes ecuestre confundiéndolas con otras de nueva creación oficial, hecho que ha provocado un caos jurídico que nadie parece interesado en resolver. Ya no se ingresa como caballero sino que se concede a una determinada persona, muchas veces sin otros méritos que el amiguismo, tal o cual orden como insignia personal. Un anodino decreto publicado en el BOE ha sustituido el sagrado ceremonial del cruzamiento o investidura. Las órdenes privadas, por su parte, languidecen desorientadas por la ausencia de unos objetivos reales, ocupando solícitamente el sitial decorativo que les ha asignado la burguesía.

Entre las órdenes más o menos caballerescas que subsisten hogaño en nuestro país, podemos citar:

  • a) de naturaleza supranacional: Malta y Santo Sepulcro, ambas amparadas por el Vaticano, siendo la de Malta la más importante por su condición soberana, labor asistencial-hospitalaria y acreditación diplomática ante más de cuarenta estados Y la Constantiniana de San Jorge, orden gentilicia cuyo magisterio ostenta S.A.R. el Duque de Calabria.
  • b) las dinásticas del Toisón (nuestra Casa Real ejerce su jefatura desde hace cinco siglos) y la de Damas de la Reina Maria Luisa.
  • c) las citadas de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, sobre cuyo status gravita cierta incertidumbre al no hacer ninguna mención a las mismas los vigentes Acuerdos del Estado Español con la Santa Sede; restauradas en 1984.
  • d) las Reales Maestranzas de Caballería de Ronda, Sevilla, Granada, Valencia y Zaragoza, y otras cofradías similares, todas ellas con precarios medios y escasa vitalidad.

Las llamadas órdenes militares de San Fernando y San Hermenegildo son en realidad recompensas de guerra, la primera, y a la constancia en el servicio de la segunda, dependientes las dos del Ministerio de Defensa. Tampoco podemos conceptuar como institutos de Caballería a las órdenes civiles de Carlos III, Isabel la Católica, etc., pese a lo aparente de sus denominaciones.

La vanidad, la ignorancia y el deterioro de los valores éticos son la principal causa de la profusión de ciertas asociaciones que utilizando nombres y enseñas de secular prestigio pretenden pasar por verdaderas órdenes de Caballería. Su número es tan amplio que nos resulta imposible reproducir sus nombres. Son órdenes de pura fantasía o históricamente extinguidas que por diferentes procedimientos han sido resucitadas por quienes se dedican al tráfico de honores y condecoraciones. Algunas incluso han obtenido su reconocimiento legal como simples asociaciones civiles, pero su ilegitimidad de origen está más que demostrada. Entre las que han escogido nuestro país como principal centro de sus ambiguas actividades podemos citar las órdenes de Malta de imitación, los falsos templarios (que constituyen una enfermedad incurable a juzgar por su proliferación), la orden de San Lázaro de Jerusalén que dirige el Duque de Sevilla, la de San Juan Bautista de Cádiz y las vinculadas a la pretenciosa herencia bizantina. El lector interesado podrá ampliar su información de la Santa Sede (L'Osservatore Romano, 21/3/1953, 9/4/1970 y en el acuerdo del Instituto Internacional de Genealogía y Heráldica (publicado en Ya el 26/12/1960) y en la minuta oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia (reproducida en Hidalguía nº 177, 1983). Así ridiculiza sus raíces una aristocracia degenerada. 

Bibliografía básica

Sobre la Caballería en general existen tres obras de consulta imprescindible: La Chevalerie, publicada en 1883 por Leon Gautier, de la que existe una edición preparada por Jacques Levron (Arthaud; París, 1959) y que incomprensiblemente todavía no tiene traducción castellana; Herfstje der Middeleuwen, del profesor holandés Johan Huizinga, cuya versión española (el otoño de la Edad Media, 1930) tuvo una cálida acogida entre nosotros. Podemos encontrarla en el catálogo de Alianza Editorial. Y por último Chivalry de Maurice Keen, aparecida en España hace escasos meses con prólogo de Martin de Riquer (La Caballería. Ariel. Barcelona, 1986). Otros trabajos de interés se deben a la pluma del medievalista francés Georges Duby: "Los orígenes de la Caballería" en Hombres y estructuras de la Edad Media (Siglo XXI editores. Madrid, 1977) y Guillermo el Mariscal (Alianza Editorial; Madrid, 1985), reconstrucción novelada del teatro de la Caballería del siglo XII.

Como obras clásicas especialmente interesantes recomendamos el Libro de la orden de caballería de Ramón Llull (Alianza Editorial / Enciclopedia Catalana; Madrid, 1986) y Perceval o el cuento del Grial de Chrétien de Troyes (Espasa Calpe; Madrid, 1961: Colección Austral nº 1.308). Algunos relatos caballerescos han sido divulgados por las editoriales Siruela (selección de lecturas medievales, Madrid), Olañeta (ediciones de la Tradición Unánime, Palma de Mallorca), Edhasa (Barcelona) y Ebro (Biblioteca Clásica Ebro, Zaragoza). La Caballería como Arma del ejército tiene un estudio muy completo en la Síntesis histórica de la Caballería Española del General Joaquín de Sotto y Montes (Madrid, 1968).

La literatura caballeresca en su conjunto ha sido magistralmente expuesta por Valdemar Vedel ("Romántica caballeresca" en Ideales de la Edad Media. Editorial Labor. Barcelona, 1927) y sobre todo por Martín de Riquer, Conde de Casa Dávalos y José María Valverde, en su Historia de la Literatura Universal (Planeta, Barcelona, 1968).

The Monks of War, de Desmond Seward (Londres, 1972), es una estupenda historia de todas las órdenes de caballería. En nuestro país existen numerosos estudios parciales sobre señoríos y encomiendas de las diferentes órdenes pero carecemos de una obra que las aborde en su totalidad. Las Órdenes Militares en la Península Ibérica durante la Edad Media, de Derek W. Lomax (Salamanca, 1976) sigue siendo una guía historiográfica de mucha utilidad. Las órdenes apócrifas han sido denunciadas por el Marqués de Villareal de Álava ("Las falsas órdenes de Caballería" en Hidalguía, Madrid, 1953) y por Arnaud Chaffanjon (Ordres & contre-ordes de chevalerie. París, 1982). La revista Hidalguía, de contenido muy desigual (C/ Atocha, 91. Madrid - 28012), dirigida por Vicente de Cadenas -el último cronista de armas con reconocimiento oficial que queda en España- es la única periódica que se ocupa habitualmente de estas materias en nuestra patria.


Artículo aparecido originalmente en revista Punto y Coma, nº 6, 1987.

(1) Citado por Keen en La Caballería, Ariel, Barcelona, 1986 (pág. 13).

(2) En realidad la Caballería se extinguió cuando la invención de la artillería hizo posible que el jinete muriera a manos anónimas en el campo de batalla.

(3) Cfr. Georges Duby. "Los orígenes de la Caballería" en Hombres y estructuras de la Edad Media, Siglo XXI editores, Madrid, 1977 (pág. 211).

(4) Los patricios feudales precisaban los servicios de los caballeros con pocos recursos para hacer frente a los interminables enfrentamientos que mantenían entre sí.

(5) En el mundo germánico la fidelidad se encontraba tan profundamente arraigada en el servicio seglar que, en el fondo, el origen de la ceremonia de armar caballero estaba en reclamar esta prioridad. Keen, op. cit. (págs. 106-107).

(6) Ramón Llull. Libro de la orden de caballería, Alianza Editorial, Madrid, 1986 (págs. 57-68).

(7) Ramón Llull, op. cit. (pág. 61).

(8) Keen, op. cit. (pág. 15).

(9) Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media, Alianza Universidad. 3ª Edición. Madrid, 1981 (pág. 106).

(10) Georges Duby, Guillermo el Mariscal, Alianza Editorial, Madrid. 1985 (pág. 45).

(11) Cfr. Valdemar Vedel. "Romántica Caballeresca" en Ideales de la Edad Media, Edit. Labor, 3ª Edición. Barcelona, 1984 (págs. 22-24 y 72-75).

(12) Martín de Riquer y José María Valverde. Historia de la Literatura Universal, Tomo I, Planeta, Barcelona, 1968 (pág. 231).

(13) Cierta historiografía se está esforzando por demostrar la proximidad metafísica de las caballerías cristiana y musulmana, que se fundirían en un sincretismo político-religioso donde el Temple, el sufismo y cierto paganismo ancestral serían sus principales ingredientes. 

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